Recuento de dos partos

Este es un anexo del artículo “Nacer natural

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PRIMER PARTO

Día -5: Muy cansada y lenta, sin poder encontrar una posición cómoda y, por ende, sin poder descansar bien. Sin embargo, continuaba activa, y el miedo de llegar al parto se había esfumado. Sólo podía sentir nervios y emoción de su llegada. “Que llegue ya”, desesperada pensaba.

Día -4: A medio día, de paseo por la ciudad, entré a un baño público y descubrí sangre en mi ropa interior. El corazón casi se me salía del susto, y mientras iba en el tren de regreso a casa, rezaba para que no fuera a nacer en pleno vagón. Llamé al hospital, y dijeron que “sólo era” el tapón mucoso. “Pueden pasar muchos días más antes de que el bebé llegue, así que tranquila y llámanos hasta que sientas la primera contracción” dijeron. Prohibieron los baños de tina y albercas. Llegada la noche,  se me rompió la fuente (no toda “de golpe”, sino poco a poco), y volví a llamar asustada al hospital. Me admitieron pero sólo para revisión, y después de eso recibí una respuesta similar: “Todo bien. Mientras el agua siga transparente está bien. Regresa a casa y llama cuando haya algún cambio o tengas la primera contracción”. Quedé muy intranquila.

Día -3: El tiempo de espera se me hacía eterno. “¡Que ya llegue por favor!”, pensaba. Me sentía como león enjaulado, caminando impaciente de un lado al otro encerrada en el apartamento. ¿Me comeré una enchiladas verdes muy picosas? ¿Subiré y bajaré escaleras? Lo que sea para que llegue mi primera contracción…

Día -2: Moviéndome mucho, hablando poco. Sólo pensaba y pensaba. Qué irónico que hace unos meses me daba terror el dolor, y ahora deseo tanto sentirlo, pensaba. Estúpida contracción, ¡ven a mí! Y mientras tanto, seguía yo derramando la fuente, y derramando más… Y más… Solía contraponer las toallas sanitarias contra la ventana para ver bien si el agua tornaba su color. Y por la tarde de ese día, noté un tono rosado casi imperceptible. Así que llamé al hospital y exageré los hechos para que de una vez por todas me dieran admisión. Me revisaron y comentaron que el nivel de agua era ya muy bajo. “Vuelve a casa, haz tu maleta y regresas con tu esposo para quedarse aquí. Tu mamá podrá venir a ayudar cuando comience la labor de parto”. Mi corazón dio un vuelco. Me despedí de mis papás, de mi madrina y de mis amigas, como si fuera a viajar a Marte. Llegó la noche, e intentamos dormir en la habitación asignada, aún sin cambio alguno en mi cuerpo. Me suministraron antibiótico.

Día -1:

03:00 hrs. En la madrugada desperté de un brinco por un dolor que no había sentido antes: mi primera contracción. La partera vino a la habitación y le asignó a mi esposo su primera responsabilidad en el parto: tomar el tiempo entre contracciones, mientras el personal monitoreaba de vez en cuando con cardiotocografía externa. Entre las primeras dos contracciones hubo un intervalo de 45 minutos, lo suficiente como para no poder regresar a dormir. La intensidad del dolor era baja, bastante soportable, lo cual me hizo sentir “fuerte” y confiada en que el proceso sería “pan comido”. Ilusa yo🙂.

09:00 hrs. Hora del desayuno, y yo sin apetito. Apenas di unas mordidas a un pan tostado, mientras practicaba mi respiración aprendida en el curso profiláctico con cada contracción, que iban a aumentado levemente en intensidad, aunque bajo el mismo intervalo.

11:00 hrs. Revisión. Después de 8 horas de contracciones esperaba yo que me dijeran que tenía 10 centímetros de dilatación y que el bebé estaría fuera la próxima hora… Pues no, “2 centímetros” dijeron. ¡¿D-o-s?! No se diga más, ¡a caminar se ha dicho! Y recorrí el largo pasillo de esa sección 1001 veces, deteniéndome de vez en vez con cada dolor.

12:00 hrs. Hora de la comida sueca. Para los demás, digo, porque yo no estaba de ánimo… La matrona en turno habló conmigo para informarme que sería apropiado inducirme el parto con oxitocina, debido al lento proceso desde la ruptura de la fuente. Así se hizo.

14:00 hrs.  El dolor no era frecuente aún, pero sí mucho más intenso que antes. Me ofrecieron gas para sobrellevarlo, pero tan sólo me hacía sentir mareada y con la boca seca. Pedí a la matrona que me revisara otra vez para ver el avance. Resultado: 2 centímetros… Cero avances, pues. Me ayudó con un procedimiento manual, ganando 1 centímetro más. Además, colocaron un electrodo sobre la cabeza del bebé (cardiotocografía interna) para monitorearlo de mejor manera, debido a que la externa no funcionaba por lo mucho que me paraba y movía. Llamaron e invitaron a mi mamá a venir, lo cual me dio mucho ánimo y tranquilidad.

16:00 hrs. Me trasladaron al cuarto de parto. Las contracciones se habían vuelto casi insoportables, pero aún podía controlar el dolor con meditación, respiración, sentada en una pelota muy grande, recargada en la cama, con mi madre dándome masajes de tiempo completo en la espalda baja y con mi esposo controlando tiempos. “Concéntrate otra vez mi amor, porque en 10 segundos viene otra contracción” y “10 segundos más para que acabe”, fue algo que repitió cada vez. Intenté aspirar nuevamente gas para aliviar el dolor, pero era como estar borracha, sintiendo el mismo dolor. No, no, con mi pelota, mi masaje y mi respiración sabía que podía aguantar perfectamente un par de horas más. “¿Un par? Pero calculo que te faltan como 10 horas más” dijo la matrona. Y, como Jesús en su viacrucis, tuve mi primera caída. Solté en llanto amargo, perdí total concentración y visualización de tener a mi bebé en brazos. Sentí que no lo lograría, y tuve la impresión de que así lo dudaron también mi esposo y mi madre, aunque no las matronas.

17:00 hrs. Me inyectaron agua estéril en la parte baja de la espalda (muy superficialmente) para -según- aliviar el dolor. Pero de nada sirvió. Estaba yo como zoombie, tan cansada ya, y sin poder ver ni túnel ni luz. Por lo menos tenía la buena noticia de que ya llevaba 4 centímetros de dilatación…

18:00 hrs. Llamaron al anestesiólogo para que me aplicara la epidural. Benditas drogas🙂. Me sentía flotar en las nubes. Comí y dormí deliciosamente. Desperté, platiqué, reí. Al intentar levantarme para ir al baño, caí. Todos se preocuparon mucho, pero fue un susto. Una de las piernas simplemente no reaccionaba, debido al que el bloqueo se había aplicado incorrectamente, según explicaron.

19:30 hrs. Sentí de nuevo mi cuerpo estremecerse. “Ejem, disculpe, ya se me está pasando el efecto, ¿no podría usted ponerme un poquito más de anestesia?” pregunté tímidamente. “No. Sólo te la aplicamos para que repusieras energías, ya que creemos que tardará muchas horas más, pero déjame ver si puedo aplicar un refill“. Y así parecía que lo había hecho. Pero yo no sentía disminución del sufrimiento. Sospecho que fue sólo un placebo… Así que volví a llorar amargamente, pero con el apoyo de mi mamá y esposo, me repuse y me armé de valor para seguir adelante con el proceso sin anestesia y sin límite de tiempo. Recuperé pues mi técnica de respiración y mi concentración en el amado objetivo.

21:00 hrs. Revisión: 8 cm. Seguía derramando líquido amniótico, hermosamente claro, sin signos de meconio (el primer excremento del bebé). Había decidido no hablar ni mirar el reloj. No quería arriesgarme a perder el control de mí misma otra vez. Así que todo se tornó en silencio y lo único que podía escuchar era a mi propia voz en mi mente rezando todos los Padre Nuestro que caben en la duración de una contracción…

Día del parto

00:20 hrs. Me sentía como en un limbo que parecía interminable, enfrentando una contracción a la vez. Cada una como si fuera la única, como si volviera a empezar, olvidando las anteriores, sin pensar en las que faltaban. Una a la vez. De repente, llegó una contracción distinta, una que no se podía contener y hacía a mi cuerpo pujar. Y entonces entendí porque nadie hasta ese momento me había hablado de “pujar”, como se ve en las películas. El cuerpo sólo lo hace, naturalmente. Rápidamente me recostaron del lado, pero me sentía morir, literalmente. Manoteé y luché como gato para incorporarme, y me coloqué de rodillas, como me sentía mejor, abrazada a la cabecera de la cama. Recuerdo que estaba bañada en sudor y mi madre me acariciaba la frente.

01:20 hrs. La matrona me dijo que iría por la ventosa para ayudarme a sacar al bebé. Por ser en otro idioma, yo pensé que me hablaba de fórceps y dije que no, pues me asustaban muchísimo las historias de terror que se escuchan en torno a eso. Entonces me preguntó que si quería “experimentar” con una idea nueva que ella tenía en mente. Asentí, con tal de evitar la ventosa. Tomó una toalla y la enrolló. Tomó un extremo y me dio el otro a mí. Me colocó en posición ginecológica y me pidió que me incorporara “escalando” la toalla tensada entre las dos. De esa manera, al mismo tiempo que pujaba, presionaba mi propio vientre. Entonces sentí “fuego” y alivio. La cabecita de mi bebé estaba fuera ya. Recuerdo después haber escuchado a mi mamá gritando en español y a mi esposo en inglés: “¡puja!”, mientras que la matrona me gritaba en sueco que esperara (para evitar que me rasgase). Confundida, yo pujé con lo que me quedaba de fuerza y sentí a como a un “pececito” resbalar, entre alivio y agua y felicidad desbordante.

Emilio había nacido. Muy gordito, muy limpio, simplemente perfecto. Lo secaron, mas no lo limpiaron, y me pidieron que no lo bañara en un par de días ni que lo hiciera seguido (para mantener el cebo que lo protege naturalmente). Lo acostaron sobre mi pecho, aún conectados por el cordón umbilical. Desnudos los dos, vestidos de nosotros mismos.

Unos minutos después, le entregaron las tijeras a mi esposo para que él mismo cortara el cordón. Casi inmediatamente después comenzó a succionar mi pecho, como si buscara reemplazar la unión física que justo se había cortado. Como si supiera que el contacto piel con piel y la lactancia nos seguía haciendo uno. Como si supiera de amor, calor y cercanía. Innatamente, siempre lo supo.

SEGUNDO PARTO

Día del parto.

12:00 hrs. Sentí mi primera contracción. Algo nerviosos pero muy emocionados, subimos al auto para ir al hospital. De camino para allá, la fuente se rompió de un tirón.

16:58 hrs. Comenzó la labor de parto, sin anestesia, sin inducción, sin masajes. Simplemente no fueron necesarios. De rodillas sobre la cama, apoyada en la cabecera, tan sólo con las constantes caricias de mi esposo y mi silencio.

17:09 hrs. Nació Alessandra, tan rápida, tan hermosa y despierta como sigue siendo ahora.

Emilio al nacer

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Una respuesta a Recuento de dos partos

  1. Giselle dijo:

    Hermosa experiencia sin duda alguna! Hay quién con toda razón dice que “el dolor de parto no es rencoroso”, pues se olvida al instante en que concluye la impaciencia y comienza la hermosa e interminable alegría de tener a nuestro bebe en brazos. Que bonitos recuerdos Nena! Justamente a poco tiempo del cumpleaños de mi sobrina “Koala Mexicana Sueca”🙂 les mando un abrazo!

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